Teología del Cuerpo
Parte VI. Amor y fecundidad
64. Viviendo según el Espíritu
A la luz de la Encíclica Humanæ vitæ, el elemento fundamental de la espiritualidad conyugal es el amor derramado en los corazones de los esposos como don del Espíritu Santo (cf. Rom 5,5).
Este amor está unido a la castidad conyugal que, manifestándose como continencia, realiza el orden interior de la convivencia conyugal. La castidad es vivir en el orden del corazón.
Este orden permite el desarrollo de las «manifestaciones afectivas» en la proporción y en el significado propio de ellas, lo cual es fruto no sólo de la virtud en la que se ejercitan los esposos, sino también de los dones del Espíritu Santo. De este modo queda confirmada la castidad conyugal como «vida del Espíritu» (cf. Gál 5,25).
El don del Espíritu y la vida sacramental
Cuando la Encíclica Humanæ vitæ exhorta a los esposos a una oración perseverante y a la vida sacramental —acudiendo a la Eucaristía y al sacramento de la penitencia— lo hace recordando que es el Espíritu Santo quien «da vida» (cf. 2 Cor 3,6).
Los dones del Espíritu Santo, y en particular el don del respeto por lo que es sagrado, adquieren aquí un significado fundamental. Este don sostiene en los cónyuges una sensibilidad especial por todo lo que, en su vocación y convivencia, lleva el signo del misterio de la creación y de la redención.
Respeto, temor salvífico y dignidad de la vida
El respeto a los dos significados del acto conyugal sólo puede desarrollarse plenamente a partir de una profunda referencia a la dignidad personal de la nueva vida que puede surgir de la unión conyugal del hombre y de la mujer.
Este respeto se manifiesta como un temor salvífico: temor a degradar lo que lleva en sí el signo del misterio divino de la creación y de la redención. De este temor habla la Carta a los Efesios: «Estad sujetos los unos a los otros en el temor de Cristo» (Ef 5,21).
Gracias a este don del respeto, la dificultad que proviene de la concupiscencia puede ser superada gradualmente por la madurez de la virtud y la acción del Espíritu Santo.
Espiritualidad conyugal y libertad del don
Toda la práctica de la honesta regulación de la fertilidad, unida a la paternidad y maternidad responsables, forma parte integrante de la espiritualidad cristiana conyugal y familiar, y sólo viviendo «según el Espíritu» se vuelve interiormente verdadera y auténtica.
La antítesis de esta espiritualidad se encuentra en la mentalidad anticonceptiva, que debilita la comprensión de la dignidad personal y del significado nupcial del cuerpo.
El respeto por la obra de Dios libera de la coacción interior de la concupiscencia y protege la libertad del don. De este modo se manifiesta plenamente el significado nupcial de la masculinidad y la feminidad.
La unión conyugal no se expresa sólo en el acto conyugal, sino que debe manifestarse cotidianamente a través de múltiples «manifestaciones afectivas» que ayudan a los esposos a permanecer en la comunión y a custodiar la paz interior que brota de la castidad vivida según el Espíritu.
Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979–1984)
Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.
Reflexión:
¿Estoy dispuesto a vivir mi vida conyugal según el Espíritu?
Clave de lectura interior: Vivir según el Espíritu significa permitir que el amor, la castidad y el respeto a la obra de Dios configuren la vida conyugal como un camino de libertad, don y comunión verdadera.