Teología del Cuerpo
Parte V. El sacramento del matrimonio
51. Esposa y hermana
Quisiera concluir ahora esta materia con algunas consideraciones, sobre todo acerca de la enseñanza de la Humanæ vitæ, anteponiendo algunas reflexiones sobre el Cantar de los Cantares y el libro de Tobías. Efectivamente, me parece que todo lo que trato de exponer en los próximos capítulos constituye el coronamiento de cuanto he explicado.
El «Cantar» y el lenguaje del cuerpo
El Cantar de los Cantares está ciertamente en la línea de ese sacramento donde, a través del «lenguaje del cuerpo», se constituye el signo visible de la participación del hombre y de la mujer en la alianza de la gracia y del amor que Dios ofrece al hombre.
Lo que en el Génesis (2, 23-25) se expresó apenas con unas pocas palabras sencillas y esenciales, en el Cantar se desarrolla como un amplio diálogo —o mejor, un dúo— en el que se entrelazan las palabras del esposo con las de la esposa y se completan mutuamente.
Las palabras de amor que ambos pronuncian se centran en el cuerpo, no sólo porque constituye por sí mismo la fuente de la recíproca fascinación, sino también —y sobre todo— porque en él se detiene la atracción hacia la otra persona. El amor desencadena una experiencia particular de la belleza, centrada en lo visible, pero que envuelve simultáneamente a toda la persona.
El hecho mismo de utilizar la metáfora demuestra cómo, en nuestro caso, el «lenguaje del cuerpo» busca apoyo y confirmación en todo el mundo visible. Se trata, sin duda, de un lenguaje que se relee simultáneamente con el corazón y con los ojos.
«Hermana» y «esposa»: unión en la humanidad
El término «amada» indica lo que siempre es esencial para el amor: poner el segundo «yo» al lado del propio «yo». El hecho de que en este acercamiento ella se revele para el esposo como «hermana» —y que precisamente como hermana sea esposa— tiene una elocuencia particular.
La expresión «hermana» habla de la unión en la humanidad. Las palabras del esposo, mediante el apelativo «hermana», abrazan todo su «yo», alma y cuerpo, con una ternura desinteresada. De aquí nace esa paz de la que habla la esposa: la paz del encuentro en la humanidad como imagen de Dios, y del encuentro por medio de un don recíproco y desinteresado («Yo seré para él mensajera de paz», Cant 8, 10).
«Jardín cerrado»: inviolabilidad interior y verdad del don
«Eres jardín cerrado, hermana y novia mía; eres jardín cerrado, fuente sellada» (Cant 4, 12). Ambas metáforas expresan la dignidad personal de la mujer que, en cuanto sujeto espiritual, se posee y puede decidir no sólo de la profundidad, sino también de la verdad esencial y de la autenticidad del don de sí, que tiende a la unión de la que habla el Génesis.
La «hermana-esposa» es para el hombre dueña de su misterio como «jardín cerrado» y «fuente sellada». El «lenguaje del cuerpo», releído en la verdad, va junto con el descubrimiento de la inviolabilidad interior de la persona.
Este descubrimiento expresa la auténtica profundidad de la recíproca pertenencia de los esposos, conscientes de pertenecerse mutuamente, de estar destinados el uno al otro: «Mi amado es mío y yo soy suya» (Cant 2, 16; cf. 6, 3).
Cuando la esposa dice: «Mi amado es mío», quiere decir al mismo tiempo: es aquel a quien me entrego yo misma, y por esto dice: «y yo soy suya» (Cant 2, 16). Los adjetivos «mío» y «mía» afirman aquí toda la profundidad de esa entrega, que corresponde a la verdad interior de la persona.
Libertad del don y amor auténtico
El Cantar de los Cantares pone de relieve sutilmente la verdad interior de esta respuesta. La libertad del don es respuesta a la conciencia profunda del don expresada por las palabras del esposo. Mediante esta verdad y libertad se construye el amor, del que hay que afirmar que es amor auténtico.
Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979 – 1984)
Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.
Reflexión: ¿Qué significa ser hermanos y esposos?
Clave de lectura interior: La comunión conyugal alcanza su plenitud cuando el amor reconoce al otro como esposo y como hermano en la misma dignidad de hijos de Dios.