Teología del Cuerpo

Parte V. El sacramento del matrimonio

41. Elegidos para ser santos

El texto de la Carta a los Efesios contiene las bases de la sacramentalidad de toda la vida cristiana y, de modo particular, las bases de la sacramentalidad del matrimonio. «Sacramento» no es sinónimo de «misterio». El misterio permanece oculto en Dios mismo y, aun después de su revelación, no deja de llamarse misterio.

El sacramento, en cambio, presupone la revelación del misterio y su aceptación mediante la fe por parte del hombre. Consiste además en manifestar ese misterio mediante un signo que no solo lo proclama, sino que lo realiza eficazmente en el hombre. El sacramento es signo visible y eficaz de la gracia.

Por medio del sacramento se realiza en el hombre el misterio escondido desde la eternidad en Dios, del que habla la Carta a los Efesios desde sus primeras líneas: el misterio de la llamada a la santidad y de la predestinación del hombre a convertirse en hijo adoptivo en Cristo.

El misterio eterno revelado en Cristo

El primer capítulo de la Carta trata del misterio «escondido desde los siglos en Dios» como don destinado eternamente al hombre: «En Él nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él…» (Ef 1, 4).

Este don se hace parte real del hombre en Cristo mismo, «en quien tenemos la redención por virtud de su sangre, la remisión de los pecados» (Ef 1, 7). La redención significa una nueva creación, una apropiación plena de lo creado para expresar la justicia, la santidad y la plenitud designadas por Dios.

De la elección eterna a la vida concreta

El misterio eterno ha pasado del estado de ocultamiento en Dios a la fase de revelación y realización. Por ello, el autor exhorta a quienes han recibido esta revelación a modelar su vida conforme a la verdad conocida, y de manera especial dirige esta exhortación a los esposos cristianos.

En el centro de este misterio está Cristo. En Él la humanidad ha sido eternamente bendecida y elegida en la caridad. Quienes aceptan por la fe este don se hacen realmente partícipes del misterio eterno, aunque permanezca velado bajo la fe.

Según Efesios 5, 22-33, esta donación de los frutos de la redención adquiere el carácter de una entrega nupcial de Cristo a la Iglesia. No solo los frutos de la redención son don: Cristo mismo se entrega a la Iglesia como a su Esposa.

El cuerpo y el sacramento primordial

El hombre aparece en el mundo visible como la expresión más alta del don divino, porque lleva en sí la dimensión interior del don. Con ella trae al mundo su semejanza con Dios, trascendiendo su propia corporeidad.

Un reflejo de esta semejanza es la conciencia del significado esponsalicio del cuerpo, penetrada por el misterio de la inocencia originaria. En esta dimensión se constituye un sacramento primordial: signo visible que transmite eficazmente el misterio invisible escondido en Dios desde la eternidad.

Este misterio es el de la verdad y del amor, el misterio de la vida divina, de la cual el hombre participa realmente. Antes del pecado, la creación del hombre ya estaba impregnada por esta elección eterna en Cristo, llamada a la santidad y a la adopción filial.

La llamada permanente a la santidad

La gracia de la adopción como hijos ha sido dada en consideración a Aquel que desde la eternidad era el Hijo amado. Aunque la encarnación y la redención acontecen en la historia, la elección del hombre en Cristo precede a ambas.

De este modo, la Carta a los Efesios nos introduce en la comprensión de la santidad como vocación fundamental del hombre, inscrita desde la eternidad en el designio de Dios y realizada sacramentalmente en la vida cristiana y en el matrimonio.

Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979 – 1984)

Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.

Reflexión: ¿Cómo respondo desde mi vida concreta a la llamada de Dios a la santidad y a ser su hijo?

Clave de lectura interior: La santidad no es un añadido opcional, sino la forma concreta en que el misterio eterno de Dios se realiza en la vida cotidiana del cristiano.