Teología del Cuerpo
Parte V. El sacramento del matrimonio
39. La santificación como propósito del amor
La analogía de la Cabeza y del Cuerpo hace referencia a que la Iglesia está formada por Cristo; está constituida por Él en su parte esencial, como el cuerpo por la cabeza. Paralelamente, el autor habla como si en el matrimonio también el marido fuera «cabeza de la mujer», y la mujer «cuerpo del marido», cual si los dos cónyuges formaran una unión orgánica.
Lo anterior halla su fundamento en el Génesis, donde se habla de «una sola carne» (Gén 2, 24). El autor se sirve de una doble analogía —cabeza-cuerpo, marido-mujer— a fin de ilustrar con claridad la naturaleza de la unión entre Cristo y la Iglesia.
Unidad sin pérdida de la individualidad
La analogía «cabeza-cuerpo» nos pone ante dos sujetos distintos que, en virtud de una relación recíproca especial, vienen a ser, en cierto sentido, un solo sujeto sin perder su individualidad. Cristo es distinto de la Iglesia; sin embargo, en virtud de una relación singular, se une con ella.
Del mismo modo, el marido debe amar a su mujer como a su propio cuerpo. El cuerpo de la mujer no es el cuerpo propio del marido, pero debe amarlo como a sí mismo por la unidad que existe entre ambos.
El amor no solo une a dos sujetos, sino que les permite compenetrarse mutuamente, perteneciendo espiritualmente el uno al otro, hasta el punto de que el autor puede afirmar: «El que ama a su mujer, a sí mismo se ama» (Ef 5, 28).
Sumisión y experiencia del amor
Aunque los cónyuges deben estar «sometidos unos a los otros en el temor de Cristo» (Ef 5, 22-23), el texto subraya que el marido es, sobre todo, el que ama, y la mujer, la que es amada.
Puede decirse incluso que la «sumisión» de la mujer al marido, entendida en el contexto global de la Carta a los Efesios, significa ante todo experimentar el amor, a imagen de la sumisión de la Iglesia a Cristo, que consiste precisamente en acoger su amor redentor.
La Iglesia, como esposa, al ser objeto del amor redentor de Cristo-Esposo, se convierte en su cuerpo. De manera análoga, la mujer, al ser objeto del amor nupcial del marido, se convierte en «una sola carne» con él.
El amor que santifica
«Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla…» (Ef 5, 25-27). El autor explica aquí el modo en que se expresa el amor de Cristo y lo presenta como modelo del amor conyugal.
El amor de Cristo a la Iglesia tiene como finalidad esencial su santificación. En el principio de esta santificación está el bautismo, fruto primero y esencial de la entrega que Cristo ha hecho por la Iglesia.
En el texto, el bautismo es descrito como purificación «mediante el lavado del agua con la palabra» (Ef 5, 26). Este sacramento convierte a la Iglesia en esposa no sólo en el presente, sino también en perspectiva escatológica.
La Iglesia gloriosa y el sentido del cuerpo
El bautismo es el comienzo del proceso que conduce a la Iglesia gloriosa, fruto definitivo del amor redentor y nupcial de Cristo en su venida final. Quien recibe el bautismo se hace partícipe tanto del amor redentor como del amor nupcial de Cristo.
Es significativo que la Iglesia gloriosa se presente como una esposa hermosa en su cuerpo, «sin mancha ni arruga». Esta imagen, aunque metafórica, subraya la importancia del cuerpo en la analogía del amor nupcial y señala, en el plano moral, la victoria sobre el pecado.
Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979 – 1984)
Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.
Reflexión: ¿El amor hacia mi cónyuge, en semejanza al amor de Cristo por la Iglesia, tiene como finalidad su santificación?
Clave de lectura interior: El amor conyugal alcanza su plenitud cuando no busca solo la unión afectiva, sino que se orienta conscientemente a la santificación del otro.