Teología del Cuerpo

Parte I. La unidad originaria del hombre y la mujer

4. La comunión de varón y mujer

«Entonces Yahvé hizo caer un profundo sueño sobre el hombre que se durmió» (Gen 2, 21). Quizá la analogía del sueño indica aquí un retorno específico del hombre-persona al no ser —el sueño tiene un componente de aniquilamiento de la existencia consciente del hombre—, o sea, al momento anterior a la creación, para que, por iniciativa de Dios, el «hombre» solitario pueda surgir de nuevo en su creación «definitiva» como varón y mujer.

El hombre y la mujer como don recíproco

El hombre ha sido creado como un don especial ante Dios («Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Gen 1, 31)), pero también como un valor especial para el mismo hombre: primero, por sí mismo; segundo, porque la «mujer» es para el hombre, y viceversa.

El que la mujer haya sido formada «con la costilla» del hombre expresa de modo metafórico la homogeneidad de todo el ser de ambos. La homogeneidad del cuerpo, a pesar de la diferencia sexual, es tan evidente que el hombre (varón), al despertar del sueño, la expresa inmediatamente cuando dice: «Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gen 2, 23).

El varón manifiesta por vez primera alegría al ver a la mujer, la alegría por otro ser humano, por el segundo «yo», y la acepta inmediatamente como ayuda adecuada a él. Todo esto ayuda a establecer el significado pleno de la unidad originaria.

Superación de la soledad y apertura a la comunión

La unidad originaria se expresa como superación del límite de la soledad, en la que el hombre adquiere conciencia de sí mismo durante el proceso de «distinción» de todos los seres vivientes y, al mismo tiempo, se abre hacia un ser afín a él: la mujer.

La soledad del hombre se nos presenta no sólo como el primer descubrimiento de la trascendencia propia de la persona, sino también como apertura y espera de una «comunión de personas». «Comunión» indica esa «ayuda» que, en cierto sentido, se deriva del hecho mismo de existir «junto» a otra persona.

La reciprocidad como condición de la comunión

La comunión de las personas podía formarse sólo a base de una «doble soledad» del hombre y de la mujer, que daba a ambos la posibilidad de ser y existir en una reciprocidad en la existencia que ningún otro ser viviente habría podido asegurar.

Para esta reciprocidad era indispensable todo lo que constituía la soledad de cada uno de ellos: la autoconciencia, la autodeterminación y el conocimiento del significado propio del cuerpo, que lleva en sí los signos del sexo, ya que la masculinidad y la feminidad son dos modos de «ser cuerpo» del ser humano, creado «a imagen de Dios» (Gen 1, 27), dos modos que se complementan recíprocamente.

Comunión humana e imagen trinitaria de Dios

La teología del cuerpo, que desde el principio está unida a la creación del hombre a imagen de Dios, se convierte, en cierto modo, también en teología del sexo, o teología de la masculinidad y de la feminidad, que, en el libro del Génesis, tiene su punto de partida.

Podemos deducir que el hombre se ha convertido en «imagen y semejanza» de Dios no sólo a través de la propia humanidad, sino también a través de la comunión que el varón y la mujer forman desde el comienzo. De este modo, el relato podría también preparar para comprender el concepto de Trinidad de la «imagen de Dios».

Esto quizá constituye el aspecto teológico más profundo de todo lo que se puede decir acerca del hombre.

La conciencia del cuerpo y la norma teológica

Las palabras del Génesis 2, 23 («Esto sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne») indican la nueva conciencia del sentido del propio cuerpo: sentido que consiste en un enriquecimiento recíproco a través de la masculinidad y la feminidad.

Este concepto, a través del cual la humanidad se forma de nuevo como comunión de personas, parece presentarse en el relato de la creación del hombre —y en la revelación del cuerpo contenida en él— con una conciencia profunda de la corporeidad y la sexualidad humana. Esto establece una norma inalienable para la comprensión del hombre en el plano teológico.

Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979 – 1984)

Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.

Reflexión: ¿Qué implicaciones tiene para mí el ser consciente de que la comunión entre varón y mujer es imagen y semejanza de la comunión de Dios que es uno y trino?