Teología del Cuerpo

Parte V. El sacramento del matrimonio

43. Sacramento Magno

Es obvio que la analogía del amor humano nupcial no puede ofrecer una comprensión adecuada y completa de esa realidad absolutamente trascendente que es el misterio divino, tanto en su ocultamiento desde los siglos en Dios como en su realización histórica en el tiempo, cuando «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5, 25).

El misterio permanece trascendente respecto a esta analogía, como también respecto a cualquier otra —por ejemplo, la del amor paterno—. Sin embargo, la analogía del amor nupcial permite acercarnos al misterio escondido desde los siglos en Dios y realizado en el tiempo como don total e irrevocable de Dios al hombre en Cristo.

Don total y participación en la vida divina

Este don se refiere al hombre en su dimensión personal y, al mismo tiempo, comunitaria: dimensión que se expresa en el Antiguo Testamento como Israel y en la Carta a los Efesios como Iglesia, es decir, el Pueblo de Dios de la Antigua y de la Nueva Alianza.

No se puede hablar aquí de «totalidad» en sentido metafísico, pues el hombre, como criatura, no es capaz de recibir el don de Dios en la plenitud trascendental de su divinidad. Ese don total no creado sólo es propio de la comunión trinitaria de las Personas divinas.

El don de sí mismo por parte de Dios al hombre, del que habla la analogía del amor nupcial, se realiza como participación en la naturaleza divina (cf. 2 Pe 1, 4). Es un don «total» porque es todo lo que Dios ha podido darse al hombre, teniendo en cuenta la condición limitada de la criatura.

El matrimonio y la visibilidad del misterio

La analogía del matrimonio, como realidad humana en la que se encarna el amor nupcial, ayuda a comprender el misterio de la gracia como realidad eterna en Dios y como fruto histórico de la redención en Cristo.

La comparación entre el matrimonio y la relación «Yahvé–Israel» en la Antigua Alianza, y «Cristo–Iglesia» en la Nueva Alianza, determina el modo de comprender el matrimonio. Esta es la segunda función de la analogía y nos introduce directamente en el problema de la sacramentalidad del matrimonio.

Al presentar la relación de Cristo con la Iglesia a imagen de la unión nupcial del marido y la mujer, el autor de la Carta a los Efesios no habla solo de la realización del eterno misterio divino, sino también del modo en que ese misterio se ha hecho visible y ha entrado en la esfera del signo, es decir, de la visibilidad de lo Invisible.

Mysterium magnum

El misterio escondido desde los siglos en Dios se ha hecho visible ante todo en el acontecimiento histórico de Cristo. La relación de Cristo con la Iglesia, definida en la Carta a los Efesios como mysterium magnum, constituye la concreción de esta visibilidad del misterio.

Al comparar la relación indisoluble de Cristo con la Iglesia con la relación entre los esposos, y al remitir al mismo tiempo a las palabras del Génesis (2, 24), el autor dirige nuestra atención al «origen» de la historia teológica del hombre.

El signo visible del matrimonio «en el principio», unido al signo visible de Cristo y de la Iglesia en el vértice de la economía salvífica, transpone el plano eterno del amor a la dimensión histórica y lo convierte en fundamento de todo el orden sacramental.

El mérito particular del autor de la Carta a los Efesios consiste en haber unido estos dos signos en un único gran signo: un sacramento grande, sacramentum magnum.

Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979 – 1984)

Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.

Reflexión: ¿Le doy al matrimonio la importancia que Dios le da? ¿Soy consciente de su sacralidad y actúo en consecuencia?

Clave de lectura interior: El matrimonio no es solo una institución humana, sino un gran sacramento que hace visible y eficaz el misterio del amor con que Dios se dona irrevocablemente al hombre en Cristo.