Teología del Cuerpo

Parte IV. La virginidad cristiana

35. La esperanza de cada día

La redención del cuerpo es, según San Pablo, objeto de esperanza: una esperanza que ha arraigado en el corazón del hombre, en cierto sentido, inmediatamente después del primer pecado. Para comprender todo lo que comporta la «redención del cuerpo», según la Carta de Pablo a los Romanos, es necesaria una auténtica teología del cuerpo.

Los elementos constitutivos de esta teología se encuentran en lo que Cristo dice cuando se remite al «principio» al responder sobre la indisolubilidad del matrimonio (Mt 19, 8), en lo que enseña sobre la concupiscencia del corazón en el sermón de la montaña (Mt 5, 28), y en lo que anuncia acerca de la resurrección del cuerpo (Mt 22, 30).

En cada uno de estos enunciados, Cristo habla al hombre y habla del hombre: del hombre que es «cuerpo», creado varón y mujer a imagen y semejanza de Dios; del hombre cuyo corazón está sometido a la concupiscencia; y del hombre ante el cual se abre la perspectiva escatológica de la resurrección.

El cuerpo y la redención

El «cuerpo», según el libro del Génesis, significa el aspecto visible del hombre y su pertenencia al mundo visible. Para San Pablo, sin embargo, este término puede significar también la alienación del hombre respecto al influjo del Espíritu de Dios. Ambos significados se encuentran vinculados a la «redención del cuerpo».

La redención del cuerpo no se expresa únicamente a través de la resurrección como victoria sobre la muerte. Está presente también en las palabras de Cristo dirigidas al hombre «histórico», cuando confirma el principio de la indisolubilidad del matrimonio y cuando invita a superar la concupiscencia incluso en los movimientos interiores del corazón.

La esperanza cotidiana de la victoria sobre el pecado

Estos enunciados se refieren directamente a la moralidad humana y poseen un profundo sentido ético. Aquí no se trata aún de la esperanza escatológica, sino de la esperanza de la victoria sobre el pecado, que puede llamarse esperanza de cada día.

En la vida cotidiana, el hombre debe extraer del misterio de la redención del cuerpo la inspiración y la fuerza para superar el mal que permanece en él bajo la forma de la triple concupiscencia.

Fidelidad diaria a la vocación

El hombre y la mujer unidos en matrimonio están llamados a iniciar cada día la aventura de la fidelidad a la alianza indisoluble que han establecido entre ellos. De modo análogo, quienes han elegido la continencia por el reino de los cielos deben dar testimonio cotidiano de la fidelidad a esa opción, acogiendo las orientaciones de Cristo en el Evangelio y las del Apóstol Pablo.

En ambos casos se trata de la esperanza de cada día, que, en medio de las dificultades comunes de la vida humana, ayuda a vencer «al mal con el bien» (Rom 12, 21).

La libertad del don y la vocación del hombre

Al penetrar en la vida diaria con la dimensión de la moral humana, la redención del cuerpo ayuda a descubrir el bien que permite al hombre vencer el pecado y la concupiscencia.

Las palabras de Cristo permiten descubrir la profunda vinculación entre la dignidad del ser humano y el significado nupcial del cuerpo, y comprender la libertad plena del don, que se expresa tanto en el matrimonio indisoluble como en la abstención del matrimonio por el reino de los cielos.

A través de estos caminos diversos, Cristo revela plenamente el hombre al hombre y le da a conocer su altísima vocación, inscrita en él mediante el misterio de la redención del cuerpo.

Todo lo que se ha querido expresar en el curso de estas meditaciones encuentra su fundamento definitivo en este misterio.

Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979 – 1984)

Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.

Reflexión: ¿Soy consciente cada día de que Cristo me redimió y de que esa redención me da la victoria sobre el pecado?

Clave de lectura interior: La esperanza cristiana no es evasión del presente, sino fuerza cotidiana que brota de la redención del cuerpo y capacita para vivir cada día en fidelidad al don recibido.