Teología del Cuerpo
Parte III. La redención del corazón
28. Dios de vivos
Junto a los otros dos importantes coloquios, esto es: aquel en el que Cristo hace referencia al «principio» (Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12) y el otro en el que apela a la intimidad del hombre (al «corazón»), señalando al deseo y a la concupiscencia de la carne como fuente del pecado (Mt 5, 27-32), el coloquio que ahora someteremos a análisis constituye, diría, el tercer miembro del tríptico de las enunciaciones de Cristo mismo: tríptico de palabras esenciales y constitutivas para la teología del cuerpo.
En este coloquio Jesús alude a la resurrección, descubriendo así una dimensión completamente nueva del misterio del hombre. Las palabras del Evangelio, en las que Cristo hace referencia a la resurrección, tienen una importancia fundamental para entender el matrimonio en el sentido cristiano y también la renuncia a la vida conyugal «por el reino de los cielos».
La cuestión planteada por los saduceos
Los saduceos se refieren a la llamada ley del levirato (Dt 25, 5-10) y, basándose en la prescripción de esa antigua ley, presentan el siguiente caso: «Eran siete hermanos. El primero tomó mujer, pero al morir no dejó descendencia. La tomó el segundo, y murió sin dejar sucesión, e igual el tercero, y de los siete ninguno dejó sucesión. Después de todos murió la mujer. Cuando en la resurrección resuciten, ¿de quién será la mujer? Porque los siete la tuvieron por mujer» (Mc 12, 20-23).
La respuesta de Cristo
Jesús responde así: «¿No está bien claro que erráis y que desconocéis las Escrituras y el poder de Dios? Cuando en la resurrección resuciten de entre los muertos, ni se casarán ni serán dadas en matrimonio, sino que serán como ángeles en los cielos» (Mc 12, 24-25).
Jesús pone de manifiesto, ante todo, un error de método: no conocen las Escrituras; y, en segundo lugar, un error de fondo: no aceptan lo que está revelado en ellas, no conocen el poder de Dios, no creen en Aquel que se reveló a Moisés en la zarza ardiente.
«Dios no es Dios de muertos, sino de vivos»
Cristo enseña que el conocimiento meramente literal de la Escritura no basta, porque la Escritura es, ante todo, un medio para conocer al Dios vivo, que se revela a Sí mismo. En esa revelación Él se ha llamado «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob».
Aunque todos ellos habían muerto hacía ya mucho tiempo, Cristo afirma con fuerza que Dios «no es Dios de muertos, sino de vivos». Esta afirmación clave solo puede comprenderse si se admite la realidad de una vida a la que la muerte no pone fin.
La resurrección y la plenitud de la vida
Cristo dará la respuesta definitiva sobre esta cuestión mediante su propia resurrección. Sin embargo, en este coloquio se remite al testimonio del Antiguo Testamento, mostrando la verdad sobre la inmortalidad y la resurrección.
La Alianza que con Él y por Él se establece entre Dios y la humanidad abre una perspectiva infinita de Vida. El acceso al árbol de la vida, según el plan originario del Dios de la Alianza, se revela en su plenitud definitiva a cada ser humano.
La resurrección significa no solo la recuperación de la corporeidad mediante la unión del cuerpo con el alma, sino también un estado totalmente nuevo de la vida humana, confirmado plenamente en la resurrección de Cristo (Rom 6, 5-11).
Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979 – 1984)
Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.
Reflexión: ¿Qué implicaciones tiene en nuestro diario vivir la perspectiva de la vida eterna?
Clave de lectura interior: La resurrección, anunciada por Cristo como revelación del Dios vivo, ilumina el sentido cristiano del matrimonio y de la renuncia por el Reino, situando el amor humano ante la perspectiva de la vida que no termina.