Teología del Cuerpo

PARTE II. LA REDENCIÓN DEL CORAZÓN

16. El engaño del corazón

Cuando Cristo, en el sermón de la montaña, pronuncia las palabras: «Habéis oído que fue dicho: No adulterarás», y añade inmediatamente: «Pero yo os digo…», queda claro que quiere reconstruir en la conciencia de sus oyentes el significado ético propio de este mandamiento.

El adulterio como ruptura del signo

El adulterio indica el acto mediante el cual un hombre y una mujer, que no son esposos, forman «una sola carne». Es pecado porque constituye la ruptura de la alianza personal del hombre y de la mujer. La unión corpórea es el signo de la comunión de las personas en cuanto cónyuges y es su derecho bilateral.

El adulterio no solo viola ese derecho exclusivo del otro cónyuge, sino que constituye una radical falsificación del signo. Solo puede cometer «adulterio en el corazón» quien es sujeto potencial del «adulterio en la carne». Por ello, el acto interior del deseo del que trata el sermón de la montaña no puede definirse como adulterio cuando se da en el marco del matrimonio.

Sin embargo, este adulterio «en el corazón» puede cometerlo el hombre también respecto a su propia esposa, si la trata únicamente como objeto de satisfacción del instinto.

La pasión y el silenciamiento de la conciencia

La pasión, originada por la concupiscencia carnal, sofoca en el corazón la voz más profunda de la conciencia y el sentido de responsabilidad ante Dios. Al silenciar la conciencia, la pasión produce inquietud en el cuerpo y en los sentidos, pues la satisfacción del hombre dominado por ella no alcanza las fuentes de la paz interior.

El hombre cuya voluntad se empeña en satisfacer los sentidos no encuentra sosiego ni se encuentra a sí mismo; por el contrario, «se consume». Cuando el hombre interior queda reducido al silencio, la pasión se manifiesta como una tendencia insistente a la satisfacción de los sentidos y del cuerpo, embotando la actividad reflexiva y desatendiendo la voz de la conciencia.

Es verdad que, cuando la pasión se inserta en el conjunto de las más profundas energías del espíritu, puede convertirse en fuerza creadora; pero, para ello, debe sufrir una transformación radical.

El deseo como engaño del corazón

El significado bíblico —y por tanto también teológico— del «deseo» es diverso del puramente psicológico. Mientras el psicólogo lo describe como una orientación intensa hacia un objeto por su valor peculiar, la descripción bíblica pone de relieve sobre todo el aspecto ético, porque se trata de un valor que queda lesionado.

El deseo es el engaño del corazón humano respecto a la perenne llamada del hombre y de la mujer —revelada en el misterio de la creación— a la comunión mediante el don recíproco. La atracción originaria entre masculinidad y feminidad es una invitación por medio del cuerpo, pero no es el deseo en el sentido de Mateo 5, 27-28.

La reducción intencional del otro

El deseo representa una «reducción intencional» que estrecha el horizonte de la mente y del corazón. Una cosa es reconocer que el valor del sexo forma parte de la riqueza de valores con los que la persona se presenta, y otra muy distinta es reducir esa riqueza personal a un único valor: el sexo como objeto idóneo para la satisfacción sexual.

La mujer, para el hombre que «mira» de este modo, deja de existir como sujeto de la eterna atracción y pasa a ser solo objeto de concupiscencia carnal. A esto se une un profundo alejamiento del significado esponsalicio del cuerpo. El mismo razonamiento vale también para la masculinidad vista por la mujer.

La ofuscación del significado del cuerpo

El deseo hace que, en el interior, es decir, en el corazón, se ofusque el significado del cuerpo propio de la persona. La feminidad deja de ser para la masculinidad un lenguaje del espíritu, pierde su carácter de signo y deja de expresar el estupendo significado esponsalicio del cuerpo.

Por la intencionalidad del deseo, el cuerpo tiende a un fin exclusivo: satisfacer la necesidad sexual como objeto, perdiendo así su verdad personal.

Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979 – 1984)

Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.

Reflexión: ¿Está mi hombre interior reducido al silencio? ¿Permito que la pasión acalle la voz de mi conciencia?

Clave de lectura interior: Este texto invita a reconocer cómo el deseo, cuando se separa del don, engaña al corazón y oscurece la verdad personal del cuerpo.